He aquí una muestra de la elegante sencillez que tenía para jugar con la pluma y las palabras que sin duda sedujeron muchas conciencias y sentimientos a lo largo de su vida.
Hace algunos días conocí a una hermosa y joven mujer. Con tal de poder permanecer cercano al aroma y lozanía de esta muchacha, le platiqué mil historias debidamente sazonadas por la ficción, pues sin ella la historia es insípida y sin interés. Muchas cosas le dije, menos la que hubiera querido decirle:
Muchacha eres muy bella. Si yo ahora tuviera 20 años, me volvería loco e inventaría mil caminos que llevaran a tu corazón.
Muchacha eres muy bella. Si yo ahora tuviera 50 años, mi amor por ti mucho tuviera de magisterio. Serías mi discípula y yo tu enternecido maestro. El sexo atemperado se manifiesta en la ternura. Me sentiría urgido de depositarme en ti y que conocieras mis infamias y mis grandezas. Pasearíamos, miraríamos, nos miraríamos y todo eso tendría una lánguida cadencia de vals.
Muchacha eres muy bella. Ahora tengo 65 años y tengo muy poco que ofrecerte. Mi porvenir es precario y muy delgado. Se me ocurre que lo único que puedo convidarte es un gran helado de limón. A mí me gusta mucho y espero que a ti también. Por favor, entiende que ya es casi lo único que puedo ofrecerte pleno, antojable y fresco. Un helado de limón puede ser la correcta metáfora del amor.

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