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miércoles, 15 de junio de 2011

“Que cuando la muerte venga a visitarme, me encuentre tan lleno de vida, que sienta pena de venir por mi”

La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.
Antonio Machado (1875-1939)


photo by Norcas
Hace un par de años, tuve la oportunidad más cercana hasta entonces de visualizar lo que en ese momento podría haber sido mi muerte. Tal vez por una mala apreciación médica, por un mal manejo de la información o tal vez por todo lo contrario: una oportuna alerta médica y descartar cualquier posibilidad de un riesgo mayor. En aquella ocasión viví (20 días previos a mi intervención quirúrgica) un proceso de despedida de todo lo que me rodeaba, que debo decir es mucho. Mi esposa, mi hija, mi madre, mis amigos, mis pasatiempos, mis gustos de comida y bebida, mis equipos de fútbol, mi música, mis películas, mis ídolos, mis libros, mi profesión, mis atardeceres mirando al poniente, mi mascota. En fin, todas mis pasiones que no son pocas; en aquel momento comprendí lo mucho que amaba la vida, más de lo que yo suponía hasta entonces.

Hoy, muchos meses después, he presenciado el dolor de una amiga que ha perdido a su pareja. Una persona no mucho mayor que yo y que seguramente tenía aún, muchas pasiones por las que había que seguir viviendo. No obstante, la muerte llegó a él y el dolor se quedó en los que lo aman: su mujer, sus hijos, su familia y sus amistades.

Normalmente no me detengo mucho a hablar de la muerte pues no es un tema que necesariamente me apasione, pero sin duda está presente todo el tiempo en mí, paradójicamente por esa pasión y amor que tengo por la vida.


Muchos años atrás perdí a mi padre de una forma trágica, que ya de por sí la muerte es trágica. Sin duda fue uno de los dolores más fuertes que he tenido, pero no necesariamente el mayor. Puedo decir que gracias a la muerte de mi padre soy mucho de lo que soy ahora. Mi elección de carrera, mi estilo y pasión por vivir son sin duda algunos de los rasgos que ese suceso dejó en mí y sin duda generó en mí una especie de sensibilidad hacia la muerte. Alguna vez un amigo me dijo lo siguiente: “Héctor, inicialmente no es fácil entenderte, no, hasta que uno entiende que tú sabes oler la muerte”. Esas palabras se me han quedado grabadas a lo largo de 20 años. Bien a bien no entendí por qué lo dijo, pero día con día las recuerdo y frecuentemente me hago de experiencias que efectivamente me hacen “oler” la muerte y tratar de alejarme de ella para recordar lo importante que es vivir y no solamente sobrevivir.

La muerte es sorda, es muda y no negocia nada con nosotros, tal vez lo único que deja, además del dolor o la nostalgia, es aprendizaje, un aprendizaje que debemos enriquecer día con día y así el día que llegue la muerte, ésta no nos sorprenda con la ignorancia de no haber sabido VIVIR.



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