Hace unos días, recibí el correo de un amigo al que considero uno de mis hermanos y que cierto estoy, él me considera igual. Han pasado varios días y aún no logro descifrar lo que sus palabras despertaron en mí. Intentaré en este espacio expresar ideas un poco inconexas pero que él podrá darle el sentido correcto a mi incongruencia.
Podría empezar hablando de una historia que comenzó 28 años atrás, donde un par de adolescentes marcaban su territorio y establecían reglas que jamás deberían violarse.
En aquel tiempo fuímos Nervo y Acuña, Demian y Sinclair, Horacio y Hamlet, fuimos por qué no Lennon y Mc Cartney. Nos devoramos el cine de ese tiempo y saboreamos el que nuestros padres nos enseñaron de niños, hablábamos de “El Figaro” y sabíamos como nadie las canciones de Curiel y Arcaraz, lo que nos envestía de un mágico poder para revivir a voluntad a nuestros padres e invitarlos a jugar en nuestras interminables y alucinantes tertulias de dominó, música y alcohol para juntos ser “La sociedad de los poetas muertos”.
Recreábamos a Casanova y al ibérico Don Juan, quienes entre canciones y poemas seducían a las musas de la noche. No existían límites, característica normal de la juventud. El cansancio y los excesos no hacían mella en nosotros, sin importar qué tanto de la vida nos hubiésemos bebido y respirado el día anterior; a la mañana siguiente, podíamos correr en una cancha de fútbol emulando a Butragueño y siendo tan duros como Quirarte para no dejar pasar al contrario.
Después, los caminos se separaron por nuestras diferentes actividades y profesiones y aunque el trato ya no volvió a ser tan frecuente, hemos sabido enriquecer el conocimiento y el respeto por el otro, sabiendo que estaremos cuando el otro lo necesite.
Hoy, a pesar de que hemos dejado de ser los conductores suicidas de aquel tiempo, queremos ser inmortales mucho tiempo más, postergando indefinidamente, el día que en el Parque México con boina y con bastón, nos sentemos a recordar -y sin duda- a deformar con fantásticas historias que nunca sucedieron lo que fue la realidad.
“Mis grandes vestigios de amistad han sido para ti” M.B.
Podría empezar hablando de una historia que comenzó 28 años atrás, donde un par de adolescentes marcaban su territorio y establecían reglas que jamás deberían violarse.
En aquel tiempo fuímos Nervo y Acuña, Demian y Sinclair, Horacio y Hamlet, fuimos por qué no Lennon y Mc Cartney. Nos devoramos el cine de ese tiempo y saboreamos el que nuestros padres nos enseñaron de niños, hablábamos de “El Figaro” y sabíamos como nadie las canciones de Curiel y Arcaraz, lo que nos envestía de un mágico poder para revivir a voluntad a nuestros padres e invitarlos a jugar en nuestras interminables y alucinantes tertulias de dominó, música y alcohol para juntos ser “La sociedad de los poetas muertos”.
Recreábamos a Casanova y al ibérico Don Juan, quienes entre canciones y poemas seducían a las musas de la noche. No existían límites, característica normal de la juventud. El cansancio y los excesos no hacían mella en nosotros, sin importar qué tanto de la vida nos hubiésemos bebido y respirado el día anterior; a la mañana siguiente, podíamos correr en una cancha de fútbol emulando a Butragueño y siendo tan duros como Quirarte para no dejar pasar al contrario.
Después, los caminos se separaron por nuestras diferentes actividades y profesiones y aunque el trato ya no volvió a ser tan frecuente, hemos sabido enriquecer el conocimiento y el respeto por el otro, sabiendo que estaremos cuando el otro lo necesite.
Hoy, a pesar de que hemos dejado de ser los conductores suicidas de aquel tiempo, queremos ser inmortales mucho tiempo más, postergando indefinidamente, el día que en el Parque México con boina y con bastón, nos sentemos a recordar -y sin duda- a deformar con fantásticas historias que nunca sucedieron lo que fue la realidad.
“Mis grandes vestigios de amistad han sido para ti” M.B.

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