Ahora que vivimos el amor en tiempos del face o de cualquier otro espacio llamado red social, es tan fácil “conocer” e “intimar” a través de ellas, invirtiendo pocos recursos para el verdadero conocimiento del “otro” como anteriormente se hacía.
Hoy en día, si por accidente, alguien simpatiza con otro en una reunión, se darán la dirección de correo, lo cual llevará a que se incluyan en la lista de contactos del messenger. Más tarde, si las cosas evolucionan de acuerdo a lo esperado se incluirán en el facebook, y si la relación ha sobrevivido hasta entonces, con suerte se incluirán en el twitter.
Después de algunos días de frecuente charla (extraña palabra que debe significar chat) Será entonces, un buen momento para volver a encontrarse, pero ahora sí, “ya no serán unos desconocidos” pues durante todo este largo tiempo (no más de una semana) habrán tenido la oportunidad de contarse su historia, y encontrarán que tienen cantidad de afinidades, agradeciendo al destino que por fin encontraron a su otra mitad.
Por todo ello, para qué perder el tiempo en ir a tomar un café o una copa según aplique. ¿Por qué no mejor, ir directamente a algún lugar donde puedan consumar su amor y conocer sus cuerpos que por cierto pudo haber ya un adelanto de ese conocimiento gracias a la fotografía digital?
Tal vez todo lo anterior puede sonar familiar o pueda sonar completamente absurdo, pero bastará echar un vistazo a las amistades cercanas, familiares o en el peor de los casos, a la propia experiencia para reconocer algunas o varias similitudes de lo arriba mencionado.
Este tipo de relaciones cada día serán más frecuentes y por lo tanto comenzarán a marcar un patrón de conducta en las relaciones de pareja que antes no existía.
Las interrogantes son:
¿Qué tan conscientes estamos de conocer realmente a nuestra pareja en estas circunstancias?
¿Qué tanto, nos estamos habituando a las relaciones de amor virtual?
¿Qué tan común comienza a ser el mandar íconos de corazoncitos, en lugar de pronunciar la frase TE AMO y qué tan cómodo comienza a ser el “gritarse” en los mensajes de texto escribiendo con MAYÚSCULAS y con triple signo de exclamación !!! para expresar nuestro enojo al ser amado?
Tal vez, como nunca antes, la tecnología ha comenzado a ser una excelente cómplice para evitar entregarnos de manera auténtica y comprometida, evitando que las diferencias en la pareja se traten cara a cara siendo más “fácil” terminar y desaparecer a esa persona dándole un click al mouse de la computadora y suprimir para siempre cualquier rastro cibernético de su presencia en nuestras vidas, y por consiguiente en “nuestras redes sociales”.
Este espacio pretende presentar aspectos de la vida cotidiana desde un enfoque sencillo y claro, con tintes críticos, algunas veces irónicos y si se puede divertidos, pero siempre con la intención de aportar algo a cualquier persona que lo lea sin importar la tendencia ideológica, política o religiosa. No pretendo por supuesto que todo el que lo lea esté de acuerdo conmigo, pero sentiré que cumplió el objetivo si logré que alguien se lleve de aquí alguna reflexión al respecto.
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sábado, 31 de julio de 2010
viernes, 23 de julio de 2010
Intimidad vs. incapacidad para amar
¿Por qué ahora que el sexo es tan fácil de conseguir, el amor es tan difícil de encontrar? (Las Aparicio, 2010)
Más o menos con esta frase sale a la luz una serie que se transmite diariamente por la noche y que comienza a tener una fiel audiencia entre el público “chilango-femenino-contemporáneo”; con un éxito similar al que tuvo hace algunos años la serie norteamericana Sex &and the city; la diferencia entre ambas es que la primera es hecha en México y con personajes más fáciles de identificar con nuestra idiosincrasia. Esto me llevó a reflexionar sobre la aceptación que tienen algunos temas en la sociedad actual y acerca de las razones de ésta.
Alguna vez escuché que la modernidad nos ha llevado a concebir las relaciones como una especie de estaciones en las que la finalidad es cubrir vacíos, pero con la limitante de que cada día nos reconocemos menos.
Tal vez lo que dice el eslogan efectivamente sea cierto, y lo que antes era un proceso de conocimiento, aceptación y establecimiento de normas entre la pareja para llegar a la intimidad sexual, hoy en día se ha convertido en un proceso revertido, y en este nuevo “orden”, primero se llega a la “intimidad” y después se busca el conocimiento y aceptación del otro. En este proceso inverso se corre el riesgo de que el conocimiento del “otro” nunca llegue y, por lo tanto, es probable que la búsqueda o experimentación de parejas se vuelva una constante para tratar de llenar compulsivamente el vacío emocional originado en las relaciones esporádicas.
Ante los ojos de muchos, sobre todo de generaciones anteriores o de personas con ópticas conservadoras, estas conductas son juzgadas llanamente como actitudes promiscuas y carentes de valores. Sin entrar a discutir esta apreciación es un hecho que la forma de relacionarse ha cambiado en las últimas décadas y es por eso que, mientras en los sesentas y setentas la edad promedio para casarse oscilaba alrededor de los 22 años, hoy los matrimonios se concretan después de los 30, y eso lleva por consiguiente a un cambio de estilo en muchos otros aspectos que repercuten de diferentes formas en la economía, las costumbres y, en general, en la forma de concebir la relación de pareja.
El hecho de que ahora las parejas se casen después de los 30, permite que haya una experimentación mayor de la sexualidad con diferentes parejas, aspecto que antes se concebía exclusivo de los hombres y reservado para las mujeres hasta el matrimonio y –obvio- para experimentarlo con un solo hombre (por lo menos esto era lo que se esperaba).
Hoy en día, es más común que las mujeres puedan ejercer su sexualidad de forma más libre y sin tantas ataduras y prejuicios. Esto, en muchos casos, es agradecido por el género masculino; sin embargo, más allá de esos cambios notorios, se están dando otros que repercuten en los individuos de ambos sexos. Cambios que no están siendo asimilados y que así como han generado aspectos positivos como la disminución de la culpa que provoca el exagerado puritanismo y represión, también se ha generado un temor o pánico a la verdadera intimidad, que va más allá de la intimidad sexual, lo que deriva en una falta de interés por entregarse y por recibir igualmente esa entrega del “otro”. Este miedo pudiera traducirse en temor al compromiso que implica la falta de ilusión por compartir, por entender y por entregarse a otro: a una pareja que finalmente nos demande pertenencia, fidelidad y que a su vez provoque que nosotros demandemos lo mismo de ella. ¿Es acaso este temor una nueva enfermedad del siglo XXI, que pudiéramos llamar incapacidad para amar?
Más o menos con esta frase sale a la luz una serie que se transmite diariamente por la noche y que comienza a tener una fiel audiencia entre el público “chilango-femenino-contemporáneo”; con un éxito similar al que tuvo hace algunos años la serie norteamericana Sex &and the city; la diferencia entre ambas es que la primera es hecha en México y con personajes más fáciles de identificar con nuestra idiosincrasia. Esto me llevó a reflexionar sobre la aceptación que tienen algunos temas en la sociedad actual y acerca de las razones de ésta.
Alguna vez escuché que la modernidad nos ha llevado a concebir las relaciones como una especie de estaciones en las que la finalidad es cubrir vacíos, pero con la limitante de que cada día nos reconocemos menos.
Tal vez lo que dice el eslogan efectivamente sea cierto, y lo que antes era un proceso de conocimiento, aceptación y establecimiento de normas entre la pareja para llegar a la intimidad sexual, hoy en día se ha convertido en un proceso revertido, y en este nuevo “orden”, primero se llega a la “intimidad” y después se busca el conocimiento y aceptación del otro. En este proceso inverso se corre el riesgo de que el conocimiento del “otro” nunca llegue y, por lo tanto, es probable que la búsqueda o experimentación de parejas se vuelva una constante para tratar de llenar compulsivamente el vacío emocional originado en las relaciones esporádicas.
Ante los ojos de muchos, sobre todo de generaciones anteriores o de personas con ópticas conservadoras, estas conductas son juzgadas llanamente como actitudes promiscuas y carentes de valores. Sin entrar a discutir esta apreciación es un hecho que la forma de relacionarse ha cambiado en las últimas décadas y es por eso que, mientras en los sesentas y setentas la edad promedio para casarse oscilaba alrededor de los 22 años, hoy los matrimonios se concretan después de los 30, y eso lleva por consiguiente a un cambio de estilo en muchos otros aspectos que repercuten de diferentes formas en la economía, las costumbres y, en general, en la forma de concebir la relación de pareja.
El hecho de que ahora las parejas se casen después de los 30, permite que haya una experimentación mayor de la sexualidad con diferentes parejas, aspecto que antes se concebía exclusivo de los hombres y reservado para las mujeres hasta el matrimonio y –obvio- para experimentarlo con un solo hombre (por lo menos esto era lo que se esperaba).
Hoy en día, es más común que las mujeres puedan ejercer su sexualidad de forma más libre y sin tantas ataduras y prejuicios. Esto, en muchos casos, es agradecido por el género masculino; sin embargo, más allá de esos cambios notorios, se están dando otros que repercuten en los individuos de ambos sexos. Cambios que no están siendo asimilados y que así como han generado aspectos positivos como la disminución de la culpa que provoca el exagerado puritanismo y represión, también se ha generado un temor o pánico a la verdadera intimidad, que va más allá de la intimidad sexual, lo que deriva en una falta de interés por entregarse y por recibir igualmente esa entrega del “otro”. Este miedo pudiera traducirse en temor al compromiso que implica la falta de ilusión por compartir, por entender y por entregarse a otro: a una pareja que finalmente nos demande pertenencia, fidelidad y que a su vez provoque que nosotros demandemos lo mismo de ella. ¿Es acaso este temor una nueva enfermedad del siglo XXI, que pudiéramos llamar incapacidad para amar?
jueves, 22 de julio de 2010
¿Por qué los hombres no huyen y las mujeres se divorcian? (Un cuento de princesas sin final feliz)

¿El título de este artículo le suena contradictorio? En realidad podríamos hablar largamente al respecto y la conclusión sería la misma. Hoy en día, la crisis de pareja es tal, que ya ni siquiera es motivo de discusión. Para muchos, es común hablar de los siguientes factores como causas comunes de divorcio:
Situaciones laborales incompatibles
Crisis económicas
Maltrato psicológico (¡ah!, y también físico)
Infidelidad (¡ah!, y también masculina)
Incompatibilidad de caracteres
Incompatibilidad de horarios
Intromisión de la familia política
Intolerancia a los amigos
Intolerancia a la familia política
“Intolerancia a la lactosa”
En fin, podríamos hacer una lista de factores más larga que la del súper de fin de mes y todas podrían ser tan válidas o absurdas como se quiera ver.
Hablar del divorcio en la década de los 70’s era un tema de grandes disertaciones políticas e inspiración de infinidad de canciones, películas, novelas y obras de teatro; hoy en día, ya no es un tópico que merezca mayor atención: ya no es tema central de algunas revistas en cuya portada aparecía –invariablemente- una mujer de encantador rostro digna de casarse con un príncipe azul.
¿Qué sucedió entonces con las princesas? ¿Acaso ya no hay príncipes que quieran “rescatarlas”? Probablemente sí, pero no se quedan con ellas en sus castillos porque prefieren conquistar nuevas doncellas o enfrentar a poderosos dragones. ¿O será que ellas salen huyendo en busca de otros príncipes, esperando, tal vez, que éstos sí sean hermosos y diferentes a los que siguieron cuando decidieron salir de sus originales castillos matriarcales?
Lo que tal vez sí sea un hecho es que, contrariamente a lo que se piensa, son más mujeres que hombres las que toman la decisión de divorciarse. ¿A qué se debe, si ellas son las que siempre creyeron en los finales felices de los cuentos? Pues precisamente a esto. Al hombre nunca le enseñaron a creer en cuentos de hadas, por eso nunca imaginó un hermoso castillo atendido por su hermosa princesa. No, él sólo sabía que algún día tendría los suficientes medios para lograr sus sueños de poder a través de un buen trabajo que le permitiera alcanzar sus metas materiales, tales como tener un coche deportivo o “juguetes” tecnológicos con los cuales intentaría satisfacer sus carencias afectivas.
Si aunado a lo anterior, el hombre posee además a su comprensiva doncella que le permite la estabilidad necesaria, definitivamente no tomará la iniciativa de divorciarse, pues aunque su hermosa modelo de antaño ya no lo sea y sólo le recuerde a la diabólica suegra a la que él siempre rehuyó, sólo le bastará poner en práctica sus tan ensayadas dotes de playboy para perderse temporalmente (una o quinientas noches), en los brazos de una nueva conquista.
Es muy difícil que para la mujer termine esa necesidad de reencontrarse con el sueño dorado; es más fácil que ella decida poner punto final a la relación y pueda -aún sabiendo en lo más profundo de su ser que los cuentos de hadas ya no existen- tomar nuevamente la decisión de salir huyendo con el que cree que ahora sí será su príncipe azul o bien, aún sin que éste llegue, puede armarse de valor y salir en su incansable búsqueda.
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