El día de hoy mi hija cumplió 14 años. Y yo cumplo más de 14 años de amarla cada día de su vida. En todo este tiempo he reaprendido la forma de concebir la vida. Estoy convencido que los seres humanos somos unos antes de ser padres y otros muy diferentes cuando por fin lo somos.
Lo anterior pudiera resultar obvio o exagerado dependiendo de quién lo diga. En mi caso lo digo con la certeza de cómo era, antes de que el médico sonografista nos confirmara la noticia de que el bebé que habitaba desde seis meses atrás en el cuerpo de mi esposa pertenecía al sexo femenino y lo que fui después.
Recuerdo vívidamente el momento en que el médico decía: “…no se deja ver, tendremos que contarle un chiste para que se ría o deberá toser señora, para que se mueva y podamos ver el sexo de su bebé”. Después de varios intentos por fin pudimos comprobar lo que desde semanas antes presentíamos. “…tenemos aquí a una linda mujercita. Si se dan cuenta estas son sus piernas, ésta su cabecita, su nariz, sus manos...”etcétera. Una cantidad de palabras que no paraba de decir el especialista al que habíamos acudido, en su afán de ser simpático. Yo ya no escuchaba (afortunadamente) su voz. Solo imaginaba lo que sería mi vida como padre de la hija tan anhelada y querida desde mucho tiempo antes de que fuera incluso engendrada. Como es mi costumbre, cada que me siento grata y profusamente emocionado, unas lágrimas de felicidad asomaron a mis ojos y una vez que salí del consultorio en compañía de mi esposa y de mi suegra. Mi suegra que probablemente nunca estuvo muy consciente de mi extrema sensibilidad, interpretó que mi llanto se debía a que yo hubiera querido un varón en lugar de una niña. Nada más ajeno a lo que por tantos años yo había anhelado.
A partir de ahí, pasando por el día en que nació y que yo estuve presente en el quirófano siendo tal vez el primero en verla después de la ginecóloga que la trajo al “mundo”, me propuse estar cerca de ella en cada momento importante y cotidiano de su vida. Así pues algunos momentos que me vienen a la mente como: su primer momento en el cunero del hospital, la primera vez que la acercaron a su mamá para ser alimentada, la primera vez que llegó a la casa, la primera vez que recibió su primer baño de tina, su primer baño en regadera, su primer llanto nocturno, sus primeros balbuceos, sus primeros pasos y todos “sus primeros” de todo. He tratado de estar en la mayor parte de esos momentos. Desde su estancia en el Gymboree; las clases de natación; la primera visita al colegio; sus primeros pasteles hechos para nosotros; sus satisfacciones, enojos, frustraciones y en general todo lo que forma parte de su vida y todo aquello que aún hoy, puede compartir con su padres. En la mayor parte de esos momentos he tratado de estar lo suficientemente cerca para apoyarla y lo suficientemente lejos para admirarla.
Hoy, a 14 años de que mi hija nació, celebro también 14 años de sentir el enorme misterio que la humanidad ha experimentado por generaciones: SER PADRE.