Alguna vez Freud dijo que la muerte es lo único que no podemos conocer ni siquiera en el inconsciente. Es algo a lo que todos llegaremos pero mientras tanto, es algo inexplicable e imposible de describir por el simple y único hecho de que estando vivos estamos imposibilitados para experimentarlo. Así pues, de nada sirve decir que nos “soñamos muertos” ya que si nos estamos viendo muertos en un sueño, al vernos, estamos vivos. También es inútil comparar el estado de coma con la muerte y los que han tenido la fortuna de sobrevivir a ese estado, ya que realmente nunca se murieron. No pretendo en este momento hacer un análisis epistemológico sobre la muerte, pero quise comenzar así mi relato sobre un recuerdo que tiene que ver con la muerte pero también con la inmortalidad.
Acababa de cumplir 14 años y estaba en plena adolescencia, queriendo ser más grande de lo que era; me encontraba viendo el tradicional “Monday night football”, pues justo jugaban en ese momento los Delfines de Miami, el equipo de “americano” al que siempre he seguido desde los 7 años. Ese día jugaban contra los eternos rivales: los Patriotas de Nueva Inglaterra. Eran como las 22.00 hrs y nunca olvidaré el tono solemne y fuera de contexto que en ese momento utilizó Jorge Berry para anunciar el lamentable e histórico suceso. “...interrumpimos la narración del juego, para anunciar la muerte de la persona más influyente en el rock y en la música del siglo XX”.
Yo estaba sentado en la alfombra mirando el partido que estaba por terminar. Cuando escuché esas palabras, aún sin que dijeran todavía el nombre de John, sentí un vacío en el abdomen y mi corazón se empezó a agitar, no sé por qué, pero en fracciones de segundos imaginé que dirían su nombre. Cuando finalmente lo escuché me paré como impulsado por un resorte y desperté a mis padres para decirles que había muerto John Lennon. ¿Cómo podía ser eso posible? Me repetía a cada instante.
Al día siguiente, la televisión y la radio se inundaron de la noticia. A toda hora se escuchaba su música y las canciones de los Beatles y se transmitían las imágenes del individuo que le había disparado mortalmente. En todo el mundo se veían congregaciones de jóvenes y personas de todas las edades vestidas de blanco, pues era el color favorito de John, rindiéndole tributo con veladoras y depositándolas a manera de ofrenda con su retrato, en parques, plazas y aceras de Nueva York, Londres, Roma, Los Angeles, Sidney, Moscú, Tokio, México, Madrid, Buenos Aíres, Hamburgo, etcétera.
¡No era posible que eso estuviera pasando! Me decía yo mismo. Se había ido uno de los cuatro genios del grupo que cuando yo nací, a los pocos años se había desintegrado para nunca volver a reunirse; pero que todos los que los admirábamos, soñábamos con que algún día llegaría ese momento, sin embargo eso ya no sería posible.
Ese día salimos miles de personas a comprar el último disco que había terminado de grabar apenas unas semanas antes: “Double fantasy”, el disco fue imposible encontrarlo en alguna tienda. (Unos días después saldría a la venta con la “oportuna” leyenda: Disco Póstumo).
Han pasado ya 30 años en los que he vivido tantas cosas que en ese tiempo yo quería vivir y aún no vivía; he crecido, he terminado mis estudios, he viajado, he asistido a todos los conciertos que Paul Mc Cartney ha dado en México, me he casado y me he convertido en padre pero a pesar de todo, no ha pasado un solo año en que no recuerde ese infortunado suceso y me pregunte: cómo sería el mundo de la música si él estuviera aún vivo, y siempre, inevitablemente en este día un par de lágrimas empañan mi visión al escuchar “Just like starting over”.
Este espacio pretende presentar aspectos de la vida cotidiana desde un enfoque sencillo y claro, con tintes críticos, algunas veces irónicos y si se puede divertidos, pero siempre con la intención de aportar algo a cualquier persona que lo lea sin importar la tendencia ideológica, política o religiosa. No pretendo por supuesto que todo el que lo lea esté de acuerdo conmigo, pero sentiré que cumplió el objetivo si logré que alguien se lleve de aquí alguna reflexión al respecto.
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miércoles, 8 de diciembre de 2010
martes, 30 de noviembre de 2010
“Si perdeis sereís los mejores…si ganaís sereís eternos” (Pep Guardiola, 2009)
El 29 de noviembre de 2010, será una fecha que quedará grabada en la memoria no solo de los aficionados culés y madridistas (obvio por razones diferentes), sino también en el recuerdo de todos los que admiramos el fútbol y creemos que la afición por un equipo es también una forma de concebir la vida.
Quien haya visto el partido entre el Barcelona y el Real Madrid, sabrá que no exagero al decir que fue uno de los partidos más espectaculares de la historia del balompié, donde se pudo contemplar a la máxima expresión, la disciplina, la labor de equipo, el liderazgo, el entendimiento que solo puede darse cuando existe algo más que jugar por dinero. Ayer, el Barsa demostró una vez más que el “jogo bonito” no es una moda o un estilo impuesto por los jugadores brasileños. Es una máxima que ellos llevan a cabo y que nosotros simples mortales, espectadores y fanáticos, podemos disfrutar viéndolos jugar.
Sin duda, momentos como los que protagonizó la selección brasileña del 70 con Pele, Tostao, Rivelino, Jairzinho, Gerson y Carlos Alberto. O la poderosa Alemania del 70 y 74 de Beckenbauer, Overath, Sepp Maier y Müller; la “Naranja Mecánica” de Cruyff, Neeskens y compañía o de la Argentina del 86 de Maradona, Ruggeri y Valdano. Han plasmado en nuestra memoria las razones de porque nos emocionamos algunos, hasta las lágrimas cuando vemos una demostración del mejor fútbol que se pueda llevar a cabo en cualquier latitud del planeta, reconociendo y agradeciendo que la humanidad no tenga más coliseos romanos en donde sacrificar cristianos para despertar las pasiones primitivas que nos hacen sentir vivos y que a través de los años hemos podido sublimar ligeramente en los deportes.
Ayer, se enfrentaron los que para muchos, incluyéndome, pensamos son los dos mejores equipos del mundo. Lamentablemente para el Madrid y afortunadamente para los que aún sin ser catalanes amamos al Barsa. Solo un equipo pudo demostrar la excelsitud de su nivel.
Un juego donde fue borrado del mapa el club merengue, pero no porque ellos fueran malos o hubieran salido en una mala noche. No, el Madrid venía en su mejor nivel de los últimos 4 años, con un punto arriba en la tabla general sobre el Barcelona. Traía a muchos de los mejores jugadores del planeta entre ellos al más caro, el portugués Ronaldo, traía a varios campeones del mundo como Xabi Alonso, Iker Casillas (el mejor portero del mundo según los expertos), Ramos y Arbeloa. Invictos en la liga, con más goles anotados y menos recibidos; con el líder goleador (Ronaldo) hasta el momento y con una nómina que podría sacar de apuros a varios países de África por lo menos algunos meses. Y por si eso fuera poco, también tenía en el banquillo a uno de los técnicos más prestigiados y más caros del mundo: Mourinho.
Por el otro lado, el equipo de casa, atravesaba por un buen momento y a la alza, pero en el papel parecía que sería el juego más parejo de los últimos encuentros, que por cierto los últimos cuatro los ha ganado el Barsa.
En su alineación, prácticamente el resto de los campeones del mundo. Puyol, Piqué, Iniesta, Xavi Hernández, Pedro, Villa y el mejor portero del mundo según yo: Valdés. Pero por si esto fuera poco al mejor jugador del mundo en este momento: Messi. En el banquillo el mejor director técnico del mundo, según sus resultados: Josep Guardiola.
La diferencia, es que ellos no se dicen aún los mejores del mundo, ni siquiera se hacen llamar el “dream team” emulando al famoso dream team de los 90’s donde por cierto también militó Guardiola como jugador y que este equipo sin duda ya es superior a aquellos grandes de la historia blaugrana.
Visca Barsa!!!
Quien haya visto el partido entre el Barcelona y el Real Madrid, sabrá que no exagero al decir que fue uno de los partidos más espectaculares de la historia del balompié, donde se pudo contemplar a la máxima expresión, la disciplina, la labor de equipo, el liderazgo, el entendimiento que solo puede darse cuando existe algo más que jugar por dinero. Ayer, el Barsa demostró una vez más que el “jogo bonito” no es una moda o un estilo impuesto por los jugadores brasileños. Es una máxima que ellos llevan a cabo y que nosotros simples mortales, espectadores y fanáticos, podemos disfrutar viéndolos jugar.
Sin duda, momentos como los que protagonizó la selección brasileña del 70 con Pele, Tostao, Rivelino, Jairzinho, Gerson y Carlos Alberto. O la poderosa Alemania del 70 y 74 de Beckenbauer, Overath, Sepp Maier y Müller; la “Naranja Mecánica” de Cruyff, Neeskens y compañía o de la Argentina del 86 de Maradona, Ruggeri y Valdano. Han plasmado en nuestra memoria las razones de porque nos emocionamos algunos, hasta las lágrimas cuando vemos una demostración del mejor fútbol que se pueda llevar a cabo en cualquier latitud del planeta, reconociendo y agradeciendo que la humanidad no tenga más coliseos romanos en donde sacrificar cristianos para despertar las pasiones primitivas que nos hacen sentir vivos y que a través de los años hemos podido sublimar ligeramente en los deportes.
Ayer, se enfrentaron los que para muchos, incluyéndome, pensamos son los dos mejores equipos del mundo. Lamentablemente para el Madrid y afortunadamente para los que aún sin ser catalanes amamos al Barsa. Solo un equipo pudo demostrar la excelsitud de su nivel.
Un juego donde fue borrado del mapa el club merengue, pero no porque ellos fueran malos o hubieran salido en una mala noche. No, el Madrid venía en su mejor nivel de los últimos 4 años, con un punto arriba en la tabla general sobre el Barcelona. Traía a muchos de los mejores jugadores del planeta entre ellos al más caro, el portugués Ronaldo, traía a varios campeones del mundo como Xabi Alonso, Iker Casillas (el mejor portero del mundo según los expertos), Ramos y Arbeloa. Invictos en la liga, con más goles anotados y menos recibidos; con el líder goleador (Ronaldo) hasta el momento y con una nómina que podría sacar de apuros a varios países de África por lo menos algunos meses. Y por si eso fuera poco, también tenía en el banquillo a uno de los técnicos más prestigiados y más caros del mundo: Mourinho.
Por el otro lado, el equipo de casa, atravesaba por un buen momento y a la alza, pero en el papel parecía que sería el juego más parejo de los últimos encuentros, que por cierto los últimos cuatro los ha ganado el Barsa.
En su alineación, prácticamente el resto de los campeones del mundo. Puyol, Piqué, Iniesta, Xavi Hernández, Pedro, Villa y el mejor portero del mundo según yo: Valdés. Pero por si esto fuera poco al mejor jugador del mundo en este momento: Messi. En el banquillo el mejor director técnico del mundo, según sus resultados: Josep Guardiola.
La diferencia, es que ellos no se dicen aún los mejores del mundo, ni siquiera se hacen llamar el “dream team” emulando al famoso dream team de los 90’s donde por cierto también militó Guardiola como jugador y que este equipo sin duda ya es superior a aquellos grandes de la historia blaugrana.
No, ellos niegan reiterativamente ser los mejores del mundo, pero perdón, todos sabemos que lo son y ayer tan solo lo reafirmaron con esa sinfonía de toques, jugadas individuales y en conjunto; con el conocimiento de saber quién viene corriendo detrás del que lleva el balón sin decirse nada, o sabiendo quién estará 30 metros adelante, a la hora de driblar al contrincante y lanzar el balón al extremo contrario para que éste lo reciba y con una o dos jugadas más lo convierta en gol.
Ayer agradecí una vez más en medio de mis lágrimas y gritos de euforia sentirme tan vivo y contemplar el gol de los 22 toques que consumó Pedro para comenzar lo que sería una “sinfonía perfecta” de fútbol.
sábado, 9 de octubre de 2010
"Poema de otoño" (Héctor Hernández 1985)
Permite que se extingan las cenizas de lo que fue un gran amor
Apaga ya de una vez la llama de esta pasión
Y no…
No prolongues más esta lenta agonía que a nada conduce
Olvídate ya, que te amé no lo dudes,
Pero ahora aléjate
Pues un instante más y no te dejaré ir
Vete, no busques el brillo de mis ojos
Que el corazón traiciona y mis ojos me delatan
Vete, que mis labios tiemblan, la voz se quiebra
Y mi ser se debilita
Sí, estoy sufriendo y mucho
Pero hoy…
Hoy te devuelvo tu libertad
Tú, libre y seductora de nuevo vas en busca de la aventura
Yo, sombrío y taciturno
Vuelvo a ser el amante triste del otoño
Que vaga por las calles en busca de lo que llaman amor
martes, 5 de octubre de 2010
Reflexión sobre el otoño
Nunca creí en los horóscopos, ni en que los astros determinen el carácter de las personas. Mi formación y mis creencias me indican que el carácter se forma por las experiencias vividas a lo largo de los años, prácticamente desde que uno nace. Factores como la educación que se recibe, la ausencia o presencia de los padres; ser hijo único o rodeado de muchos hermanos; si existen carencias o abundancias; si se crece en un entorno rural o urbano; un ambiente hostil o un ambiente grato; en fin, cantidad de aspectos que en realidad no suenan nada espectaculares ni mágicos, ni mucho menos esotéricos; son para mí los factores que determinarán el carácter del individuo y claro que también en gran medida la capacidad que el mismo tenga para poderse adaptar al medio que lo rodea.
Sin embargo, creo que existen factores climáticos que pueden influir en nuestro estado anímico, aunque también pienso, que el clima afecta de diferente forma a cada persona. Por ejemplo, para muchas personas el frio suele poner a mucha gente triste o sin ánimo de salir de casa y por ende eso influye para que trabajen con desgano, sin embargo para muchos otros, el frio hace que la gente sea más dinámica y cuente con más energía para hacer sus labores diarias y de esa forma el frio corporal se vaya disminuyendo.
Aunque no acostumbro en este espacio hablar en primera persona, hoy lo haré para referir cómo influye el otoño en mí.
Desde que tengo uso de razón, los meses de octubre y noviembre siempre los he visualizado como los más hermosos del año, ya que en estas latitudes del hemisferio, el calor disminuye considerablemente sin llegar al frio helado de enero, los atardeceres son realmente esplendorosos aun en una urbe tan saturada como lo puede ser el Distrito Federal, en donde pareciera una especie de milagro poder apreciar una puesta de sol en la gran mancha urbana. No obstante, desde pequeño recuerdo como podía pasar horas mirando por la ventana de la cocina que daba hacia el poniente, sentado sobre la mesa del desayunador, ahí, mientras que mi mirada se perdía en el horizonte y en medio de los valles que rodean la ciudad, yo podía dar rienda suelta a la imparable imaginación de un niño que era el mejor transporte para ir hacia aquellas “lejanas montañas” que se vislumbraban detrás del “Hotel de México,” hoy bautizado con el globalizado nombre de World Trade Center. Por las mañanas en esa misma época y desde el balcón de mi casa hacia el oriente de la ciudad, podía observar la nieve de los volcanes Popocatepetl e Iztacihuatl y en las noches contemplar la luna, que como dicen algunos poetas no hay luna más hermosa que la del mes de octubre.
Al dejar atrás mi infancia, el otoño volvió a tener relevancia para mí. Recuerdo perfecto cuando por primera vez decidí ir al cine solo y ver una película que ya no era la típica que a un niño pudiera interesarle, yo ya era “grande” y por lo tanto mis gustos tenían que ser de grande. Ahí, en una agradable tarde de otoño y en un cine que ahora ya no existe (Cinemas Insurgentes 2001) Fui espectador de una cinta que aún ahora es de mis favoritas: “Pide al tiempo que vuelva” “Somewhere in time” su título original en inglés. Jane Seymour siempre hermosa no podía lucir más esplendorosa que en esa película. La película fue tan conmovedora para mí, que “decidí” unas semanas después enamorarme por primera vez, pues no podía imaginar ya la vida sin estar enamorado.
Hoy, después de muchos otoños y en donde he vivido sucesos significativos de mi vida en esa época, como cambiar de domicilio y comenzar a vivir solo; viajar por primera vez fuera del continente y casarme entre otros muchos sucesos. El otoño sigue maravillándome con sus tonalidades ocre y verde olivo, con el crepitar de las hojas secas, la frescura del viento golpeando en mi rostro y con esa singular nostalgia con la que el otoño lo vivo como imagino lo pudo vivir Ramón del Valle Inclán con sus famosas “Sonatas” del Marqués de Bradomín, o Vivaldi con su magistral “Las cuatro estaciones”, en donde aunque están presentes las otras estaciones del año, justo las piezas o partes que corresponden a esa temporada son las que me han parecido las más subyugantes.
Eso es un poco lo que de forma muy personal es para mí el otoño.
Sin embargo, creo que existen factores climáticos que pueden influir en nuestro estado anímico, aunque también pienso, que el clima afecta de diferente forma a cada persona. Por ejemplo, para muchas personas el frio suele poner a mucha gente triste o sin ánimo de salir de casa y por ende eso influye para que trabajen con desgano, sin embargo para muchos otros, el frio hace que la gente sea más dinámica y cuente con más energía para hacer sus labores diarias y de esa forma el frio corporal se vaya disminuyendo.
Aunque no acostumbro en este espacio hablar en primera persona, hoy lo haré para referir cómo influye el otoño en mí.
Desde que tengo uso de razón, los meses de octubre y noviembre siempre los he visualizado como los más hermosos del año, ya que en estas latitudes del hemisferio, el calor disminuye considerablemente sin llegar al frio helado de enero, los atardeceres son realmente esplendorosos aun en una urbe tan saturada como lo puede ser el Distrito Federal, en donde pareciera una especie de milagro poder apreciar una puesta de sol en la gran mancha urbana. No obstante, desde pequeño recuerdo como podía pasar horas mirando por la ventana de la cocina que daba hacia el poniente, sentado sobre la mesa del desayunador, ahí, mientras que mi mirada se perdía en el horizonte y en medio de los valles que rodean la ciudad, yo podía dar rienda suelta a la imparable imaginación de un niño que era el mejor transporte para ir hacia aquellas “lejanas montañas” que se vislumbraban detrás del “Hotel de México,” hoy bautizado con el globalizado nombre de World Trade Center. Por las mañanas en esa misma época y desde el balcón de mi casa hacia el oriente de la ciudad, podía observar la nieve de los volcanes Popocatepetl e Iztacihuatl y en las noches contemplar la luna, que como dicen algunos poetas no hay luna más hermosa que la del mes de octubre.
Al dejar atrás mi infancia, el otoño volvió a tener relevancia para mí. Recuerdo perfecto cuando por primera vez decidí ir al cine solo y ver una película que ya no era la típica que a un niño pudiera interesarle, yo ya era “grande” y por lo tanto mis gustos tenían que ser de grande. Ahí, en una agradable tarde de otoño y en un cine que ahora ya no existe (Cinemas Insurgentes 2001) Fui espectador de una cinta que aún ahora es de mis favoritas: “Pide al tiempo que vuelva” “Somewhere in time” su título original en inglés. Jane Seymour siempre hermosa no podía lucir más esplendorosa que en esa película. La película fue tan conmovedora para mí, que “decidí” unas semanas después enamorarme por primera vez, pues no podía imaginar ya la vida sin estar enamorado.
Hoy, después de muchos otoños y en donde he vivido sucesos significativos de mi vida en esa época, como cambiar de domicilio y comenzar a vivir solo; viajar por primera vez fuera del continente y casarme entre otros muchos sucesos. El otoño sigue maravillándome con sus tonalidades ocre y verde olivo, con el crepitar de las hojas secas, la frescura del viento golpeando en mi rostro y con esa singular nostalgia con la que el otoño lo vivo como imagino lo pudo vivir Ramón del Valle Inclán con sus famosas “Sonatas” del Marqués de Bradomín, o Vivaldi con su magistral “Las cuatro estaciones”, en donde aunque están presentes las otras estaciones del año, justo las piezas o partes que corresponden a esa temporada son las que me han parecido las más subyugantes.
Eso es un poco lo que de forma muy personal es para mí el otoño.
martes, 28 de septiembre de 2010
Helado de limón (Germán Dehesa, dic. 2009)
Aún no se cumple un mes de que Germán Dehesa decidiera irse y dejarnos el "tiradero botado" y sin embargo se le extraña como si se hubiera ido desde hace años.
He aquí una muestra de la elegante sencillez que tenía para jugar con la pluma y las palabras que sin duda sedujeron muchas conciencias y sentimientos a lo largo de su vida.
Hace algunos días conocí a una hermosa y joven mujer. Con tal de poder permanecer cercano al aroma y lozanía de esta muchacha, le platiqué mil historias debidamente sazonadas por la ficción, pues sin ella la historia es insípida y sin interés. Muchas cosas le dije, menos la que hubiera querido decirle:
Muchacha eres muy bella. Si yo ahora tuviera 40 años, el deseo de estar en ti me resultaría insoportable por doloroso. Te ofrecería mi vida, mis bienes, mi porvenir con tal de que éste se mezclara y confundiera con el tuyo. Te llevaría a conocer el mundo para que tú me permitieras conocer y desvelar esos misterios que adivino cuando me miras. Miles de poetas me ayudarían a decir algo tan elemental y vertiginoso como "no puedo vivir sin ti". Conoceríamos juntos el color y el volumen de la belleza humana y a toda hora estaríamos juntos. Nos dolería el dolor del mundo, pero éste sería soportable si me bastara alzar los ojos y descubrir con inédito asombro que ahí sigues a mi lado. Te permitiría vivir tu vida y yo viviría la mía, pero cada uno estaría habitado por la tenue sombra del otro y así seguiríamos juntos. Aprendería lo que a ti te gusta aprender y juntos aprenderíamos a escribir para así lograr dibujar los símbolos reunidos que cifraran nuestros nombres.
Muchacha eres muy bella. Si yo ahora tuviera 50 años, mi amor por ti mucho tuviera de magisterio. Serías mi discípula y yo tu enternecido maestro. El sexo atemperado se manifiesta en la ternura. Me sentiría urgido de depositarme en ti y que conocieras mis infamias y mis grandezas. Pasearíamos, miraríamos, nos miraríamos y todo eso tendría una lánguida cadencia de vals.
Muchacha eres muy bella. Ahora tengo 65 años y tengo muy poco que ofrecerte. Mi porvenir es precario y muy delgado. Se me ocurre que lo único que puedo convidarte es un gran helado de limón. A mí me gusta mucho y espero que a ti también. Por favor, entiende que ya es casi lo único que puedo ofrecerte pleno, antojable y fresco. Un helado de limón puede ser la correcta metáfora del amor.
He aquí una muestra de la elegante sencillez que tenía para jugar con la pluma y las palabras que sin duda sedujeron muchas conciencias y sentimientos a lo largo de su vida.
Hace algunos días conocí a una hermosa y joven mujer. Con tal de poder permanecer cercano al aroma y lozanía de esta muchacha, le platiqué mil historias debidamente sazonadas por la ficción, pues sin ella la historia es insípida y sin interés. Muchas cosas le dije, menos la que hubiera querido decirle:
Muchacha eres muy bella. Si yo ahora tuviera 20 años, me volvería loco e inventaría mil caminos que llevaran a tu corazón.
Muchacha eres muy bella. Si yo ahora tuviera 50 años, mi amor por ti mucho tuviera de magisterio. Serías mi discípula y yo tu enternecido maestro. El sexo atemperado se manifiesta en la ternura. Me sentiría urgido de depositarme en ti y que conocieras mis infamias y mis grandezas. Pasearíamos, miraríamos, nos miraríamos y todo eso tendría una lánguida cadencia de vals.
Muchacha eres muy bella. Ahora tengo 65 años y tengo muy poco que ofrecerte. Mi porvenir es precario y muy delgado. Se me ocurre que lo único que puedo convidarte es un gran helado de limón. A mí me gusta mucho y espero que a ti también. Por favor, entiende que ya es casi lo único que puedo ofrecerte pleno, antojable y fresco. Un helado de limón puede ser la correcta metáfora del amor.
viernes, 10 de septiembre de 2010
La empatía y la capacidad para admirar
Cuentan que Heinz Kohut (1913-1981), médico y psicoanalista vienés representante de la psicología del self, y que hizo grandes aportaciones a la comprensión y análisis del trastorno del narcisismo, teniendo a la empatía como una de las principales herramientas terapéuticas, se vio fuertemente impresionado la vez, que de lejos conoció a Freud, justo cuando éste huía del nazismo y estaba por abordar el avión que lo llevaría a Londres, donde finalmente moriría un año después.
Contaba del momento, en que observando de lejos a Sigmund Freud lo miró fijamente y Freud sin saber quién era el que le observaba, le devolvió una mirada afable al desconocido, le sonrió y levantó la mano en señal de saludo. Para Kohut, ese momento lo marcaría de por vida, tanto para elegir la formación de psicoanalista como para entender desde su óptica lo que es la empatía. Comenta, que aunque en ese momento él, aún no se sentía atraído por el psicoanálisis pudo entender lo que para un hombre como Freud era salir huyendo de la ciudad que amaba y en la que siempre había trabajado y creado los principios de la doctrina que revolucionaría la comprensión de la conducta humana; no obstante, imaginando el dolor que eso le aquejaba pudo tener todavía un rasgo de sencillez y gentileza para saludar a lo lejos a un joven desconocido que no dejaba de observarlo.
Más o menos con el pasaje anterior quiero referir la importancia que Germán Dehesa Violante (1944-2010) tuvo para mí.
Quizá, no es común que nos sintamos tan afectados cuando una persona con la que no convivíamos se muera, sin embargo la muerte de Germán creo que nos afectó a muchos que aun sin conocerlo o en este caso aun sin conocernos lo considerábamos un amigo, un amigo que merecía nuestro respeto, nuestra confianza absoluta en lo que escribía y en lo que decía, un hombre de cultura infinita, que nunca era tacaño en transmitirla a todos los que lo leíamos, escuchábamos o lo veíamos por cualquier medio de comunicación.
Yo, en particular, tuve un brevísimo, por no decir inexistente contacto con él en dos ocasiones. Una, allá por 1994, cuando llamé a su programa de radio para felicitarlo y preguntarle por el correcto uso de una palabra y que él con su acostumbrada sencillez contestó al aire no solo mi pregunta, sino los comentarios que le hice por haber sido profesor en la preparatoria de la que ahora es mi esposa, y que siempre me resultó un privilegio envidiable. En esa ocasión me sentí orgulloso de que un personaje como él pudiera contestarme al aíre. La segunda ocasión, fue en La Planta de la luz, donde al verlo acudí junto con mi esposa a saludarlo para estrechar su frágil mano y oír algún comentario que no pude escuchar adecuadamente por el ruido del lugar y probablemente por el alcohol ingerido por mi, hasta ese momento.
No importa, lo que importa es que pude tener contacto con un personaje admirado y que siempre sentí que era mi amigo, mi maestro y el ejemplo que todos los mexicanos bien nacidos quisiéramos emular; tener la característica picardía mexicana, pero con la responsabilidad y conciencia para señalar con valor la injusticia; ser astutos para hacer reír pero inteligentes para hacer pensar; ser solidarios para ayudar en la desgracia siempre que sea necesario, tener ese gusto por el idioma para saber jugar con él sin deformarlo, al contrario, enriquecerlo. Ser un verdadero mexicano que ame a su país siendo un mexicano de primera y no un “patriota” de 15 de septiembre o de cuando juega la Selección. Amar y disfrutar la vida, tratando de aportar hasta el último momento.
En fin, hoy físicamente ya no está con nosotros, pero su humor, su talento y su obra permanecerán por siempre con nosotros.
Gracias Germán por haber nacido en estas épocas de tan poca conciencia por los asuntos que nos aquejan y por enseñarnos el verdadero placer de VIVIR.
Contaba del momento, en que observando de lejos a Sigmund Freud lo miró fijamente y Freud sin saber quién era el que le observaba, le devolvió una mirada afable al desconocido, le sonrió y levantó la mano en señal de saludo. Para Kohut, ese momento lo marcaría de por vida, tanto para elegir la formación de psicoanalista como para entender desde su óptica lo que es la empatía. Comenta, que aunque en ese momento él, aún no se sentía atraído por el psicoanálisis pudo entender lo que para un hombre como Freud era salir huyendo de la ciudad que amaba y en la que siempre había trabajado y creado los principios de la doctrina que revolucionaría la comprensión de la conducta humana; no obstante, imaginando el dolor que eso le aquejaba pudo tener todavía un rasgo de sencillez y gentileza para saludar a lo lejos a un joven desconocido que no dejaba de observarlo.
Más o menos con el pasaje anterior quiero referir la importancia que Germán Dehesa Violante (1944-2010) tuvo para mí.
Quizá, no es común que nos sintamos tan afectados cuando una persona con la que no convivíamos se muera, sin embargo la muerte de Germán creo que nos afectó a muchos que aun sin conocerlo o en este caso aun sin conocernos lo considerábamos un amigo, un amigo que merecía nuestro respeto, nuestra confianza absoluta en lo que escribía y en lo que decía, un hombre de cultura infinita, que nunca era tacaño en transmitirla a todos los que lo leíamos, escuchábamos o lo veíamos por cualquier medio de comunicación.
Yo, en particular, tuve un brevísimo, por no decir inexistente contacto con él en dos ocasiones. Una, allá por 1994, cuando llamé a su programa de radio para felicitarlo y preguntarle por el correcto uso de una palabra y que él con su acostumbrada sencillez contestó al aire no solo mi pregunta, sino los comentarios que le hice por haber sido profesor en la preparatoria de la que ahora es mi esposa, y que siempre me resultó un privilegio envidiable. En esa ocasión me sentí orgulloso de que un personaje como él pudiera contestarme al aíre. La segunda ocasión, fue en La Planta de la luz, donde al verlo acudí junto con mi esposa a saludarlo para estrechar su frágil mano y oír algún comentario que no pude escuchar adecuadamente por el ruido del lugar y probablemente por el alcohol ingerido por mi, hasta ese momento.
No importa, lo que importa es que pude tener contacto con un personaje admirado y que siempre sentí que era mi amigo, mi maestro y el ejemplo que todos los mexicanos bien nacidos quisiéramos emular; tener la característica picardía mexicana, pero con la responsabilidad y conciencia para señalar con valor la injusticia; ser astutos para hacer reír pero inteligentes para hacer pensar; ser solidarios para ayudar en la desgracia siempre que sea necesario, tener ese gusto por el idioma para saber jugar con él sin deformarlo, al contrario, enriquecerlo. Ser un verdadero mexicano que ame a su país siendo un mexicano de primera y no un “patriota” de 15 de septiembre o de cuando juega la Selección. Amar y disfrutar la vida, tratando de aportar hasta el último momento.
En fin, hoy físicamente ya no está con nosotros, pero su humor, su talento y su obra permanecerán por siempre con nosotros.
Gracias Germán por haber nacido en estas épocas de tan poca conciencia por los asuntos que nos aquejan y por enseñarnos el verdadero placer de VIVIR.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Amores que matan (¿nunca mueren?)
¿Qué es el acoso en la pareja? ¿Alguna vez se lo han preguntado? Es curioso, si a alguien se le ocurre buscar en internet sobre el tema, encontrará diversas entradas que hablan sobre el acoso laboral; llamado pomposamente mobbing, también encontrará suficiente material del tan mencionado acoso escolar llamado bullying, y por supuesto del acoso sexual conocido también como sexual harassment. Y aunque estas conductas sean en nuestro idioma tan mencionadas ahora con nombres anglosajones, siempre han existido y hay un gran material de consulta al respecto.
Sin embargo, a la hora de que se quiere investigar sobre el acoso u hostigamiento en la pareja, como por arte de magia el tema se difumina en la red.
De hecho, tampoco en el cine o en la literatura existen tantas referencias al respecto como con otros temas; se me vienen a la mente por ejemplo, Fatal atraction y novelas como El hombre equivocado de John Katzenbach. No dudo que haya más sin embargo, son pocas las que vienen a la memoria a la hora de hablar de este tema en particular.
El acoso en la pareja se manifiesta de diversas formas y no es exclusivo de un género en particular, ya que lo sufren hombres y mujeres; heterosexuales y homosexuales.
El acoso como la mayoría de las conductas patológicas, se da en todos los niveles socioeconómicos y culturales, en cualquier estado civil; sean casados o solteros, sean pareja actual o sean ex – parejas, e incluso en relaciones ocasionales.
Tal vez, la conducta de acoso en la pareja comienza siendo apenas perceptible para el otro, tan sutil, que no se dan cuenta que ya se han convertido en una patológica dupla víctima – victimario. Esta conducta comienza con un interés sobredimensionado en las actividades de la pareja, que se confunde frecuentemente con un amor sobre protector y cercano.
Pero si las endorfinas generadas en el enamoramiento nos permitieran poseer objetividad, nos daríamos cuenta que el verdadero amor no atosiga, no invade, y por el contrario, respeta la integridad y confianza del otro; eso nos ayudaría a detectar a tiempo a este tipo de personas que pueden llegar ser destructoras y a veces indestructibles.
Qué importante sería para las y los adolescentes así como para los adultos, darse cuenta de que las llamadas frecuentes durante todo el día, el querer leer los mensajes de texto de la pareja, el solicitar las contraseñas de los correos electrónicos y estar pidiendo que se reporten frecuentemente para saber y “estar tranquilos” de que la pareja se encuentre “bien” no es más que el inicio de lo que después puede convertirse en la más cruenta y desvitalizante guerra psicológica que aniquilará al otro, cuando ese otro se dé cuenta de que perdió su individualidad, su espacio y la falta de confianza en sí mismo, convirtiéndose en un ser atemorizado, altamente vulnerable e incapaz de librarse de esa pesadilla.
En muchas ocasiones, la víctima no se da cuenta de esas conductas hasta que la relación termina por otras causas y pasan meses o incluso años y el acosador sigue martirizando a la ex pareja, volviéndose una aplastante sombra que no le permitirá moverse ni retomar su vida normal, llegando en el peor de los casos a cometer actos violentos, a veces, de consecuencias trágicas.
Pero, ¿cómo detectar a este tipo de individuos con conductas de acoso? Realmente es difícil determinar el perfil de estas personas, ya que muchos de ellos no siempre fueron acosadores y por lo tanto no siempre presentan rasgos que alerten sobre esta conducta; pueden ser personas tímidas como también pueden ser personas extrovertidas y muy sociables, pueden haber tenido parejas anteriores como también pueden apenas empezar a tener vida en pareja, pero independientemente de analizar el origen y el perfil de estas personas, sí podemos enunciar algunas conductas dignas de tomar en cuenta desde un principio:
• Desmedido interés por conocer el pasado, presente y entorno de la pareja desde el principio de la relación
• Saber los lugares que frecuenta la pareja, sus amistades, su lugar de trabajo, direcciones o teléfonos de familiares y amigos con el pretexto de “estar tranquilo ante cualquier emergencia” y poder saber a quién recurrir
• Exagerado interés en las actividades de la persona incluso antes de establecer una relación formal
• Expresiones de “amor incondicional” incluso sin haber comenzado una relación
• Excesivas muestras de afecto, expresadas con continuos detalles y obsequios inusuales al principio de una relación (a veces, utilizados como herramientas de seducción o chantaje sentimental)
• Apariciones inesperadas en los centros de trabajo, de estudio o simplemente cuando el otro está reunido con su grupo de amistades, so pretexto de darle una sorpresa o de comentarle “algo importante que no podía esperar”
• Cambios abruptos de estado de ánimo sin razón evidente
• Celos desproporcionados
• Reclamos sobredimensionados si la pareja no se reportó determinado número de veces, aún cuando había avisado donde estaría o qué haría
En fin, puede haber más señales para advertir este comportamiento, pero lo que también es un hecho es que el victimario no existiría sin la víctima. Es la otra persona, la que desde un principio debe tener claro cuál es su espacio y lo que espera de la persona a la que se está entregando. Para ello no debe negociar su libertad ni sus decisiones individuales.
Sin embargo, a la hora de que se quiere investigar sobre el acoso u hostigamiento en la pareja, como por arte de magia el tema se difumina en la red.
De hecho, tampoco en el cine o en la literatura existen tantas referencias al respecto como con otros temas; se me vienen a la mente por ejemplo, Fatal atraction y novelas como El hombre equivocado de John Katzenbach. No dudo que haya más sin embargo, son pocas las que vienen a la memoria a la hora de hablar de este tema en particular.
El acoso en la pareja se manifiesta de diversas formas y no es exclusivo de un género en particular, ya que lo sufren hombres y mujeres; heterosexuales y homosexuales.
El acoso como la mayoría de las conductas patológicas, se da en todos los niveles socioeconómicos y culturales, en cualquier estado civil; sean casados o solteros, sean pareja actual o sean ex – parejas, e incluso en relaciones ocasionales.
Tal vez, la conducta de acoso en la pareja comienza siendo apenas perceptible para el otro, tan sutil, que no se dan cuenta que ya se han convertido en una patológica dupla víctima – victimario. Esta conducta comienza con un interés sobredimensionado en las actividades de la pareja, que se confunde frecuentemente con un amor sobre protector y cercano.
Pero si las endorfinas generadas en el enamoramiento nos permitieran poseer objetividad, nos daríamos cuenta que el verdadero amor no atosiga, no invade, y por el contrario, respeta la integridad y confianza del otro; eso nos ayudaría a detectar a tiempo a este tipo de personas que pueden llegar ser destructoras y a veces indestructibles.
Qué importante sería para las y los adolescentes así como para los adultos, darse cuenta de que las llamadas frecuentes durante todo el día, el querer leer los mensajes de texto de la pareja, el solicitar las contraseñas de los correos electrónicos y estar pidiendo que se reporten frecuentemente para saber y “estar tranquilos” de que la pareja se encuentre “bien” no es más que el inicio de lo que después puede convertirse en la más cruenta y desvitalizante guerra psicológica que aniquilará al otro, cuando ese otro se dé cuenta de que perdió su individualidad, su espacio y la falta de confianza en sí mismo, convirtiéndose en un ser atemorizado, altamente vulnerable e incapaz de librarse de esa pesadilla.
En muchas ocasiones, la víctima no se da cuenta de esas conductas hasta que la relación termina por otras causas y pasan meses o incluso años y el acosador sigue martirizando a la ex pareja, volviéndose una aplastante sombra que no le permitirá moverse ni retomar su vida normal, llegando en el peor de los casos a cometer actos violentos, a veces, de consecuencias trágicas.
Pero, ¿cómo detectar a este tipo de individuos con conductas de acoso? Realmente es difícil determinar el perfil de estas personas, ya que muchos de ellos no siempre fueron acosadores y por lo tanto no siempre presentan rasgos que alerten sobre esta conducta; pueden ser personas tímidas como también pueden ser personas extrovertidas y muy sociables, pueden haber tenido parejas anteriores como también pueden apenas empezar a tener vida en pareja, pero independientemente de analizar el origen y el perfil de estas personas, sí podemos enunciar algunas conductas dignas de tomar en cuenta desde un principio:
• Desmedido interés por conocer el pasado, presente y entorno de la pareja desde el principio de la relación
• Saber los lugares que frecuenta la pareja, sus amistades, su lugar de trabajo, direcciones o teléfonos de familiares y amigos con el pretexto de “estar tranquilo ante cualquier emergencia” y poder saber a quién recurrir
• Exagerado interés en las actividades de la persona incluso antes de establecer una relación formal
• Expresiones de “amor incondicional” incluso sin haber comenzado una relación
• Excesivas muestras de afecto, expresadas con continuos detalles y obsequios inusuales al principio de una relación (a veces, utilizados como herramientas de seducción o chantaje sentimental)
• Apariciones inesperadas en los centros de trabajo, de estudio o simplemente cuando el otro está reunido con su grupo de amistades, so pretexto de darle una sorpresa o de comentarle “algo importante que no podía esperar”
• Cambios abruptos de estado de ánimo sin razón evidente
• Celos desproporcionados
• Reclamos sobredimensionados si la pareja no se reportó determinado número de veces, aún cuando había avisado donde estaría o qué haría
En fin, puede haber más señales para advertir este comportamiento, pero lo que también es un hecho es que el victimario no existiría sin la víctima. Es la otra persona, la que desde un principio debe tener claro cuál es su espacio y lo que espera de la persona a la que se está entregando. Para ello no debe negociar su libertad ni sus decisiones individuales.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Puedo cambiar todo, excepto...
Pocas cosas si no es que nada, permanecen intactas a lo largo de la vida de un hombre. Desde que nacemos hasta que morimos estamos predestinados a cambiar constántemente.
Nuestro cuerpo crece, se engrosa, cambia de tonalidades; nuestro pelo cambia de textura, color y en muchas ocasiones cambia de ubicación para no volverlo a tener donde alguna vez lo tuvimos. Nuestros dientes mudan por otros y al igual que nuestro pelo en algunos casos desaparecen para siempre. Es nuestro cuerpo el mejor ejemplo de que el ser humano nació para cambiar.
Nuestro cuerpo crece, se engrosa, cambia de tonalidades; nuestro pelo cambia de textura, color y en muchas ocasiones cambia de ubicación para no volverlo a tener donde alguna vez lo tuvimos. Nuestros dientes mudan por otros y al igual que nuestro pelo en algunos casos desaparecen para siempre. Es nuestro cuerpo el mejor ejemplo de que el ser humano nació para cambiar.
Cambiamos de ropa, de residencia, de escuela, de trabajo, de pareja y a veces de religión, e incluso hasta de familia completa.
¿Y qué pasa con nuestra psique? Ésa, sin lugar a dudas se ve transformada día con día, de manera constante aunque tal vez no tan evidente como cambia nuestro físico.
No obstante, que nuestra vida está cambiando siempre; hay algo que es prácticamente imposible de cambiar, y eso es nuestra afición y lealtad a nuestro equipo de fútbol o del deporte del que seamos seguidores. Cosa curiosa pues en un sentido estricto, nuestro amor y fidelidad al equipo es la pasión más incomprensible e intangible que se le puede profesar a una institución que se encuentra en constante cambio. ¿Cómo es posible que permanezcamos fieles a una entidad que cambia de un año a otro de integrantes, de técnico, de uniforme, a veces hasta de escudo, nombre e incluso de sede? Léase por ejemplo Atlético Español-Necaxa; o Atlante que después de ser uno de los equipos más tradicionalmente chilangos, hoy, juega en Cancún. ¿Cancún? ¿Acaso alguna vez Cancún se caracterizó por su afición al fútbol?
Bueno, y así como estos tres equipos anteriormente mencionados, podríamos hablar de otros ejemplos, que sin importar sus cambios, mantendrán a un leal y vehemente grupo de seguidores que los venerarán a lo largo de los años sin importar las decepciones y satisfacciones que puedan darles a sus aficiones.
Todo esto viene a colación, al plantearme la sublime sensación que sería para todos los que nos consideramos fanáticos de las Chivas del Guadalajara en caso de que por primera vez en su historia ganara la Copa Santander Libertadores, algo así como el equivalente a la Champions League de Europa pero de América, por cierto, este torneo es aún más antiguo que la mencionada y por supuesto prestigiada Champions. Desde luego la calidad de juego, hoy por hoy es más vistosa y sin duda, considerablemente más cara que el torneo sudamericano al que ahora tenemos acceso como equipo invitado pues este torneo, no hay que olvidarlo, es para los equipos sudamericanos pertenecientes a la COMEBOL y nosotros para bien o para mal pertenecemos a la CONCACAF.
En fin, para amargura de los rivales de siempre en el fútbol nacional las Chivas son el equipo que más títulos tiene en su haber en la historia del balompié nacional, semillero de grandes jugadores de todos los equipos mexicanos y de las diferentes selecciones nacionales, así como últimamente exportador de jugadores mexicanos a Europa. (Maza, Salcido, Vela, “Chicharritou”, sin mencionar algunos otros que en el pasado también jugaron en Europa, tal vez sin tanta “estrella” o talento como lo hacen éstos.
Si así fuera, sería el primer gran título internacional en sus vidrieras que pudiera tener nuestro cuadro rojiblanco en las últimas seis décadas, ya que desde 1962 no obtiene un título internacional oficial siendo ese último el de campeón de la CONCACAF, que por supuesto y con todo respeto para los equipos vecinos de la zona, no se podría comparar en lo más mínimo con lo que representaría el de la Copa Santander Libertadores. Este título, solo sería comparable al que obtuvo hace 4 años el Pachuca al conquistar la Copa Sudamericana, algo así como el equivalente al de la UEFA en Europa, digamos, el segundo torneo en importancia en América después de la Libertadores. Por lo tanto, independientemente del equipo poseedor de nuestra filias nacionales, sería sin duda un orgullo nacional para el fútbol mexicano que pudiéramos conquistar dicha copa, pues ya tendríamos dos equipos que hubiesen ganado los dos torneos a nivel de clubes más importantes de América.
El día de hoy gane o pierda, yo, al igual que muchos otros mexicanos que nacimos predestinados a crecer y morir yéndole a las Chivas gritaremos desaforadamente apoyando con nuestro corazón y pasión que no sabe de razonamientos, de cambios de directivos o de estadio: “CHIVAS, CHIVAS, CHIVAS”
sábado, 31 de julio de 2010
A un click de borrarte de mi vida
Ahora que vivimos el amor en tiempos del face o de cualquier otro espacio llamado red social, es tan fácil “conocer” e “intimar” a través de ellas, invirtiendo pocos recursos para el verdadero conocimiento del “otro” como anteriormente se hacía.
Hoy en día, si por accidente, alguien simpatiza con otro en una reunión, se darán la dirección de correo, lo cual llevará a que se incluyan en la lista de contactos del messenger. Más tarde, si las cosas evolucionan de acuerdo a lo esperado se incluirán en el facebook, y si la relación ha sobrevivido hasta entonces, con suerte se incluirán en el twitter.
Después de algunos días de frecuente charla (extraña palabra que debe significar chat) Será entonces, un buen momento para volver a encontrarse, pero ahora sí, “ya no serán unos desconocidos” pues durante todo este largo tiempo (no más de una semana) habrán tenido la oportunidad de contarse su historia, y encontrarán que tienen cantidad de afinidades, agradeciendo al destino que por fin encontraron a su otra mitad.
Por todo ello, para qué perder el tiempo en ir a tomar un café o una copa según aplique. ¿Por qué no mejor, ir directamente a algún lugar donde puedan consumar su amor y conocer sus cuerpos que por cierto pudo haber ya un adelanto de ese conocimiento gracias a la fotografía digital?
Tal vez todo lo anterior puede sonar familiar o pueda sonar completamente absurdo, pero bastará echar un vistazo a las amistades cercanas, familiares o en el peor de los casos, a la propia experiencia para reconocer algunas o varias similitudes de lo arriba mencionado.
Este tipo de relaciones cada día serán más frecuentes y por lo tanto comenzarán a marcar un patrón de conducta en las relaciones de pareja que antes no existía.
Las interrogantes son:
¿Qué tan conscientes estamos de conocer realmente a nuestra pareja en estas circunstancias?
¿Qué tanto, nos estamos habituando a las relaciones de amor virtual?
¿Qué tan común comienza a ser el mandar íconos de corazoncitos, en lugar de pronunciar la frase TE AMO y qué tan cómodo comienza a ser el “gritarse” en los mensajes de texto escribiendo con MAYÚSCULAS y con triple signo de exclamación !!! para expresar nuestro enojo al ser amado?
Tal vez, como nunca antes, la tecnología ha comenzado a ser una excelente cómplice para evitar entregarnos de manera auténtica y comprometida, evitando que las diferencias en la pareja se traten cara a cara siendo más “fácil” terminar y desaparecer a esa persona dándole un click al mouse de la computadora y suprimir para siempre cualquier rastro cibernético de su presencia en nuestras vidas, y por consiguiente en “nuestras redes sociales”.
Hoy en día, si por accidente, alguien simpatiza con otro en una reunión, se darán la dirección de correo, lo cual llevará a que se incluyan en la lista de contactos del messenger. Más tarde, si las cosas evolucionan de acuerdo a lo esperado se incluirán en el facebook, y si la relación ha sobrevivido hasta entonces, con suerte se incluirán en el twitter.
Después de algunos días de frecuente charla (extraña palabra que debe significar chat) Será entonces, un buen momento para volver a encontrarse, pero ahora sí, “ya no serán unos desconocidos” pues durante todo este largo tiempo (no más de una semana) habrán tenido la oportunidad de contarse su historia, y encontrarán que tienen cantidad de afinidades, agradeciendo al destino que por fin encontraron a su otra mitad.
Por todo ello, para qué perder el tiempo en ir a tomar un café o una copa según aplique. ¿Por qué no mejor, ir directamente a algún lugar donde puedan consumar su amor y conocer sus cuerpos que por cierto pudo haber ya un adelanto de ese conocimiento gracias a la fotografía digital?
Tal vez todo lo anterior puede sonar familiar o pueda sonar completamente absurdo, pero bastará echar un vistazo a las amistades cercanas, familiares o en el peor de los casos, a la propia experiencia para reconocer algunas o varias similitudes de lo arriba mencionado.
Este tipo de relaciones cada día serán más frecuentes y por lo tanto comenzarán a marcar un patrón de conducta en las relaciones de pareja que antes no existía.
Las interrogantes son:
¿Qué tan conscientes estamos de conocer realmente a nuestra pareja en estas circunstancias?
¿Qué tanto, nos estamos habituando a las relaciones de amor virtual?
¿Qué tan común comienza a ser el mandar íconos de corazoncitos, en lugar de pronunciar la frase TE AMO y qué tan cómodo comienza a ser el “gritarse” en los mensajes de texto escribiendo con MAYÚSCULAS y con triple signo de exclamación !!! para expresar nuestro enojo al ser amado?
Tal vez, como nunca antes, la tecnología ha comenzado a ser una excelente cómplice para evitar entregarnos de manera auténtica y comprometida, evitando que las diferencias en la pareja se traten cara a cara siendo más “fácil” terminar y desaparecer a esa persona dándole un click al mouse de la computadora y suprimir para siempre cualquier rastro cibernético de su presencia en nuestras vidas, y por consiguiente en “nuestras redes sociales”.
viernes, 23 de julio de 2010
Intimidad vs. incapacidad para amar
¿Por qué ahora que el sexo es tan fácil de conseguir, el amor es tan difícil de encontrar? (Las Aparicio, 2010)
Más o menos con esta frase sale a la luz una serie que se transmite diariamente por la noche y que comienza a tener una fiel audiencia entre el público “chilango-femenino-contemporáneo”; con un éxito similar al que tuvo hace algunos años la serie norteamericana Sex &and the city; la diferencia entre ambas es que la primera es hecha en México y con personajes más fáciles de identificar con nuestra idiosincrasia. Esto me llevó a reflexionar sobre la aceptación que tienen algunos temas en la sociedad actual y acerca de las razones de ésta.
Alguna vez escuché que la modernidad nos ha llevado a concebir las relaciones como una especie de estaciones en las que la finalidad es cubrir vacíos, pero con la limitante de que cada día nos reconocemos menos.
Tal vez lo que dice el eslogan efectivamente sea cierto, y lo que antes era un proceso de conocimiento, aceptación y establecimiento de normas entre la pareja para llegar a la intimidad sexual, hoy en día se ha convertido en un proceso revertido, y en este nuevo “orden”, primero se llega a la “intimidad” y después se busca el conocimiento y aceptación del otro. En este proceso inverso se corre el riesgo de que el conocimiento del “otro” nunca llegue y, por lo tanto, es probable que la búsqueda o experimentación de parejas se vuelva una constante para tratar de llenar compulsivamente el vacío emocional originado en las relaciones esporádicas.
Ante los ojos de muchos, sobre todo de generaciones anteriores o de personas con ópticas conservadoras, estas conductas son juzgadas llanamente como actitudes promiscuas y carentes de valores. Sin entrar a discutir esta apreciación es un hecho que la forma de relacionarse ha cambiado en las últimas décadas y es por eso que, mientras en los sesentas y setentas la edad promedio para casarse oscilaba alrededor de los 22 años, hoy los matrimonios se concretan después de los 30, y eso lleva por consiguiente a un cambio de estilo en muchos otros aspectos que repercuten de diferentes formas en la economía, las costumbres y, en general, en la forma de concebir la relación de pareja.
El hecho de que ahora las parejas se casen después de los 30, permite que haya una experimentación mayor de la sexualidad con diferentes parejas, aspecto que antes se concebía exclusivo de los hombres y reservado para las mujeres hasta el matrimonio y –obvio- para experimentarlo con un solo hombre (por lo menos esto era lo que se esperaba).
Hoy en día, es más común que las mujeres puedan ejercer su sexualidad de forma más libre y sin tantas ataduras y prejuicios. Esto, en muchos casos, es agradecido por el género masculino; sin embargo, más allá de esos cambios notorios, se están dando otros que repercuten en los individuos de ambos sexos. Cambios que no están siendo asimilados y que así como han generado aspectos positivos como la disminución de la culpa que provoca el exagerado puritanismo y represión, también se ha generado un temor o pánico a la verdadera intimidad, que va más allá de la intimidad sexual, lo que deriva en una falta de interés por entregarse y por recibir igualmente esa entrega del “otro”. Este miedo pudiera traducirse en temor al compromiso que implica la falta de ilusión por compartir, por entender y por entregarse a otro: a una pareja que finalmente nos demande pertenencia, fidelidad y que a su vez provoque que nosotros demandemos lo mismo de ella. ¿Es acaso este temor una nueva enfermedad del siglo XXI, que pudiéramos llamar incapacidad para amar?
Más o menos con esta frase sale a la luz una serie que se transmite diariamente por la noche y que comienza a tener una fiel audiencia entre el público “chilango-femenino-contemporáneo”; con un éxito similar al que tuvo hace algunos años la serie norteamericana Sex &and the city; la diferencia entre ambas es que la primera es hecha en México y con personajes más fáciles de identificar con nuestra idiosincrasia. Esto me llevó a reflexionar sobre la aceptación que tienen algunos temas en la sociedad actual y acerca de las razones de ésta.
Alguna vez escuché que la modernidad nos ha llevado a concebir las relaciones como una especie de estaciones en las que la finalidad es cubrir vacíos, pero con la limitante de que cada día nos reconocemos menos.
Tal vez lo que dice el eslogan efectivamente sea cierto, y lo que antes era un proceso de conocimiento, aceptación y establecimiento de normas entre la pareja para llegar a la intimidad sexual, hoy en día se ha convertido en un proceso revertido, y en este nuevo “orden”, primero se llega a la “intimidad” y después se busca el conocimiento y aceptación del otro. En este proceso inverso se corre el riesgo de que el conocimiento del “otro” nunca llegue y, por lo tanto, es probable que la búsqueda o experimentación de parejas se vuelva una constante para tratar de llenar compulsivamente el vacío emocional originado en las relaciones esporádicas.
Ante los ojos de muchos, sobre todo de generaciones anteriores o de personas con ópticas conservadoras, estas conductas son juzgadas llanamente como actitudes promiscuas y carentes de valores. Sin entrar a discutir esta apreciación es un hecho que la forma de relacionarse ha cambiado en las últimas décadas y es por eso que, mientras en los sesentas y setentas la edad promedio para casarse oscilaba alrededor de los 22 años, hoy los matrimonios se concretan después de los 30, y eso lleva por consiguiente a un cambio de estilo en muchos otros aspectos que repercuten de diferentes formas en la economía, las costumbres y, en general, en la forma de concebir la relación de pareja.
El hecho de que ahora las parejas se casen después de los 30, permite que haya una experimentación mayor de la sexualidad con diferentes parejas, aspecto que antes se concebía exclusivo de los hombres y reservado para las mujeres hasta el matrimonio y –obvio- para experimentarlo con un solo hombre (por lo menos esto era lo que se esperaba).
Hoy en día, es más común que las mujeres puedan ejercer su sexualidad de forma más libre y sin tantas ataduras y prejuicios. Esto, en muchos casos, es agradecido por el género masculino; sin embargo, más allá de esos cambios notorios, se están dando otros que repercuten en los individuos de ambos sexos. Cambios que no están siendo asimilados y que así como han generado aspectos positivos como la disminución de la culpa que provoca el exagerado puritanismo y represión, también se ha generado un temor o pánico a la verdadera intimidad, que va más allá de la intimidad sexual, lo que deriva en una falta de interés por entregarse y por recibir igualmente esa entrega del “otro”. Este miedo pudiera traducirse en temor al compromiso que implica la falta de ilusión por compartir, por entender y por entregarse a otro: a una pareja que finalmente nos demande pertenencia, fidelidad y que a su vez provoque que nosotros demandemos lo mismo de ella. ¿Es acaso este temor una nueva enfermedad del siglo XXI, que pudiéramos llamar incapacidad para amar?
jueves, 22 de julio de 2010
¿Por qué los hombres no huyen y las mujeres se divorcian? (Un cuento de princesas sin final feliz)

¿El título de este artículo le suena contradictorio? En realidad podríamos hablar largamente al respecto y la conclusión sería la misma. Hoy en día, la crisis de pareja es tal, que ya ni siquiera es motivo de discusión. Para muchos, es común hablar de los siguientes factores como causas comunes de divorcio:
Situaciones laborales incompatibles
Crisis económicas
Maltrato psicológico (¡ah!, y también físico)
Infidelidad (¡ah!, y también masculina)
Incompatibilidad de caracteres
Incompatibilidad de horarios
Intromisión de la familia política
Intolerancia a los amigos
Intolerancia a la familia política
“Intolerancia a la lactosa”
En fin, podríamos hacer una lista de factores más larga que la del súper de fin de mes y todas podrían ser tan válidas o absurdas como se quiera ver.
Hablar del divorcio en la década de los 70’s era un tema de grandes disertaciones políticas e inspiración de infinidad de canciones, películas, novelas y obras de teatro; hoy en día, ya no es un tópico que merezca mayor atención: ya no es tema central de algunas revistas en cuya portada aparecía –invariablemente- una mujer de encantador rostro digna de casarse con un príncipe azul.
¿Qué sucedió entonces con las princesas? ¿Acaso ya no hay príncipes que quieran “rescatarlas”? Probablemente sí, pero no se quedan con ellas en sus castillos porque prefieren conquistar nuevas doncellas o enfrentar a poderosos dragones. ¿O será que ellas salen huyendo en busca de otros príncipes, esperando, tal vez, que éstos sí sean hermosos y diferentes a los que siguieron cuando decidieron salir de sus originales castillos matriarcales?
Lo que tal vez sí sea un hecho es que, contrariamente a lo que se piensa, son más mujeres que hombres las que toman la decisión de divorciarse. ¿A qué se debe, si ellas son las que siempre creyeron en los finales felices de los cuentos? Pues precisamente a esto. Al hombre nunca le enseñaron a creer en cuentos de hadas, por eso nunca imaginó un hermoso castillo atendido por su hermosa princesa. No, él sólo sabía que algún día tendría los suficientes medios para lograr sus sueños de poder a través de un buen trabajo que le permitiera alcanzar sus metas materiales, tales como tener un coche deportivo o “juguetes” tecnológicos con los cuales intentaría satisfacer sus carencias afectivas.
Si aunado a lo anterior, el hombre posee además a su comprensiva doncella que le permite la estabilidad necesaria, definitivamente no tomará la iniciativa de divorciarse, pues aunque su hermosa modelo de antaño ya no lo sea y sólo le recuerde a la diabólica suegra a la que él siempre rehuyó, sólo le bastará poner en práctica sus tan ensayadas dotes de playboy para perderse temporalmente (una o quinientas noches), en los brazos de una nueva conquista.
Es muy difícil que para la mujer termine esa necesidad de reencontrarse con el sueño dorado; es más fácil que ella decida poner punto final a la relación y pueda -aún sabiendo en lo más profundo de su ser que los cuentos de hadas ya no existen- tomar nuevamente la decisión de salir huyendo con el que cree que ahora sí será su príncipe azul o bien, aún sin que éste llegue, puede armarse de valor y salir en su incansable búsqueda.
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