Nunca creí en los horóscopos, ni en que los astros determinen el carácter de las personas. Mi formación y mis creencias me indican que el carácter se forma por las experiencias vividas a lo largo de los años, prácticamente desde que uno nace. Factores como la educación que se recibe, la ausencia o presencia de los padres; ser hijo único o rodeado de muchos hermanos; si existen carencias o abundancias; si se crece en un entorno rural o urbano; un ambiente hostil o un ambiente grato; en fin, cantidad de aspectos que en realidad no suenan nada espectaculares ni mágicos, ni mucho menos esotéricos; son para mí los factores que determinarán el carácter del individuo y claro que también en gran medida la capacidad que el mismo tenga para poderse adaptar al medio que lo rodea.
Sin embargo, creo que existen factores climáticos que pueden influir en nuestro estado anímico, aunque también pienso, que el clima afecta de diferente forma a cada persona. Por ejemplo, para muchas personas el frio suele poner a mucha gente triste o sin ánimo de salir de casa y por ende eso influye para que trabajen con desgano, sin embargo para muchos otros, el frio hace que la gente sea más dinámica y cuente con más energía para hacer sus labores diarias y de esa forma el frio corporal se vaya disminuyendo.
Aunque no acostumbro en este espacio hablar en primera persona, hoy lo haré para referir cómo influye el otoño en mí.
Desde que tengo uso de razón, los meses de octubre y noviembre siempre los he visualizado como los más hermosos del año, ya que en estas latitudes del hemisferio, el calor disminuye considerablemente sin llegar al frio helado de enero, los atardeceres son realmente esplendorosos aun en una urbe tan saturada como lo puede ser el Distrito Federal, en donde pareciera una especie de milagro poder apreciar una puesta de sol en la gran mancha urbana. No obstante, desde pequeño recuerdo como podía pasar horas mirando por la ventana de la cocina que daba hacia el poniente, sentado sobre la mesa del desayunador, ahí, mientras que mi mirada se perdía en el horizonte y en medio de los valles que rodean la ciudad, yo podía dar rienda suelta a la imparable imaginación de un niño que era el mejor transporte para ir hacia aquellas “lejanas montañas” que se vislumbraban detrás del “Hotel de México,” hoy bautizado con el globalizado nombre de
World Trade Center. Por las mañanas en esa misma época y desde el balcón de mi casa hacia el oriente de la ciudad, podía observar la nieve de los volcanes Popocatepetl e Iztacihuatl y en las noches contemplar la luna, que como dicen algunos poetas no hay luna más hermosa que la del mes de octubre.
Al dejar atrás mi infancia, el otoño volvió a tener relevancia para mí. Recuerdo perfecto cuando por primera vez decidí ir al cine solo y ver una película que ya no era la típica que a un niño pudiera interesarle, yo ya era “grande” y por lo tanto mis gustos tenían que ser de grande. Ahí, en una agradable tarde de otoño y en un cine que ahora ya no existe (
Cinemas Insurgentes 2001) Fui espectador de una cinta que aún ahora es de mis favoritas:
“Pide al tiempo que vuelva” “Somewhere in time” su título original en inglés.
Jane Seymour siempre hermosa no podía lucir más esplendorosa que en esa película. La película fue tan conmovedora para mí, que “decidí” unas semanas después enamorarme por primera vez, pues no podía imaginar ya la vida sin estar enamorado.
Hoy, después de muchos otoños y en donde he vivido sucesos significativos de mi vida en esa época, como cambiar de domicilio y comenzar a vivir solo; viajar por primera vez fuera del continente y casarme entre otros muchos sucesos. El otoño sigue maravillándome con sus tonalidades ocre y verde olivo, con el crepitar de las hojas secas, la frescura del viento golpeando en mi rostro y con esa singular nostalgia con la que el otoño lo vivo como imagino lo pudo vivir
Ramón del Valle Inclán con sus famosas
“Sonatas” del Marqués de Bradomín, o
Vivaldi con su magistral
“Las cuatro estaciones”, en donde aunque están presentes las otras estaciones del año, justo las piezas o partes que corresponden a esa temporada son las que me han parecido las más subyugantes.
Eso es un poco lo que de forma muy personal es para mí el otoño.