¿Por qué ahora que el sexo es tan fácil de conseguir, el amor es tan difícil de encontrar? (Las Aparicio, 2010)
Más o menos con esta frase sale a la luz una serie que se transmite diariamente por la noche y que comienza a tener una fiel audiencia entre el público “chilango-femenino-contemporáneo”; con un éxito similar al que tuvo hace algunos años la serie norteamericana Sex &and the city; la diferencia entre ambas es que la primera es hecha en México y con personajes más fáciles de identificar con nuestra idiosincrasia. Esto me llevó a reflexionar sobre la aceptación que tienen algunos temas en la sociedad actual y acerca de las razones de ésta.
Alguna vez escuché que la modernidad nos ha llevado a concebir las relaciones como una especie de estaciones en las que la finalidad es cubrir vacíos, pero con la limitante de que cada día nos reconocemos menos.
Tal vez lo que dice el eslogan efectivamente sea cierto, y lo que antes era un proceso de conocimiento, aceptación y establecimiento de normas entre la pareja para llegar a la intimidad sexual, hoy en día se ha convertido en un proceso revertido, y en este nuevo “orden”, primero se llega a la “intimidad” y después se busca el conocimiento y aceptación del otro. En este proceso inverso se corre el riesgo de que el conocimiento del “otro” nunca llegue y, por lo tanto, es probable que la búsqueda o experimentación de parejas se vuelva una constante para tratar de llenar compulsivamente el vacío emocional originado en las relaciones esporádicas.
Ante los ojos de muchos, sobre todo de generaciones anteriores o de personas con ópticas conservadoras, estas conductas son juzgadas llanamente como actitudes promiscuas y carentes de valores. Sin entrar a discutir esta apreciación es un hecho que la forma de relacionarse ha cambiado en las últimas décadas y es por eso que, mientras en los sesentas y setentas la edad promedio para casarse oscilaba alrededor de los 22 años, hoy los matrimonios se concretan después de los 30, y eso lleva por consiguiente a un cambio de estilo en muchos otros aspectos que repercuten de diferentes formas en la economía, las costumbres y, en general, en la forma de concebir la relación de pareja.
El hecho de que ahora las parejas se casen después de los 30, permite que haya una experimentación mayor de la sexualidad con diferentes parejas, aspecto que antes se concebía exclusivo de los hombres y reservado para las mujeres hasta el matrimonio y –obvio- para experimentarlo con un solo hombre (por lo menos esto era lo que se esperaba).
Hoy en día, es más común que las mujeres puedan ejercer su sexualidad de forma más libre y sin tantas ataduras y prejuicios. Esto, en muchos casos, es agradecido por el género masculino; sin embargo, más allá de esos cambios notorios, se están dando otros que repercuten en los individuos de ambos sexos. Cambios que no están siendo asimilados y que así como han generado aspectos positivos como la disminución de la culpa que provoca el exagerado puritanismo y represión, también se ha generado un temor o pánico a la verdadera intimidad, que va más allá de la intimidad sexual, lo que deriva en una falta de interés por entregarse y por recibir igualmente esa entrega del “otro”. Este miedo pudiera traducirse en temor al compromiso que implica la falta de ilusión por compartir, por entender y por entregarse a otro: a una pareja que finalmente nos demande pertenencia, fidelidad y que a su vez provoque que nosotros demandemos lo mismo de ella. ¿Es acaso este temor una nueva enfermedad del siglo XXI, que pudiéramos llamar incapacidad para amar?
Este espacio pretende presentar aspectos de la vida cotidiana desde un enfoque sencillo y claro, con tintes críticos, algunas veces irónicos y si se puede divertidos, pero siempre con la intención de aportar algo a cualquier persona que lo lea sin importar la tendencia ideológica, política o religiosa. No pretendo por supuesto que todo el que lo lea esté de acuerdo conmigo, pero sentiré que cumplió el objetivo si logré que alguien se lleve de aquí alguna reflexión al respecto.
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