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martes, 20 de septiembre de 2011

La adolescencia de nuestros hijos, una retrospectiva de nosotros mismos

   




Photo by Norcas
Las conductas de la adolescencia temprana y la adolescencia propiamente dicha, se caracterizan a groso modo por la aparición de algunos mecanismos que anteriormente no se habían presentado tales como el aislamiento, el ascetismo, la intelectualización y algunos más que Peter Blos menciona en su libro Psicoanálisis de la adolescencia.

El mecanismo que ahora mismo llama mi atención por una cuestión meramente vivencial es al que Blos se refiere con las siguientes palabras: "sublimación del amor del niño por el padre idealizado como consecuencia de la renuncia final a los objetos de amor tempranos".

Antes de continuar, haré un paréntesis para mencionar que mi elección de carrera se debió fundamentalmente a dos hechos intrínsecamente ligados; primero, la pérdida de mi padre cuando yo tenía 17 años y segundo como consecuencia de lo anterior, mi llegada a la terapia psicoanalítica. Una vez atrapado en la experiencia psicoanalítica y habiendo experimentado las bondades de dicha terapia en mi mismo, consideré que yo tenía un deber en la vida y ese era dedicarme a la psicología, en especial a la ayuda o “rescate” de los adolescentes que pudiera atender a través de mi profesión. Finalmente, no fue así y me dediqué sí a la Psicología pero en un área alejada de los adolescentes. No obstante, mi amor por el psicoanálisis y por la adolescencia permanecieron intactos y siempre he considerado tener una natural empatía por la adolescencia. Etapa muchas veces temida por padres, profesores y cualquier persona que tenga que lidiar con los sujetos que transitan por la tan mencionada etapa.

Bien ¿por qué hago toda esta introducción al tema? Pues ni más ni menos porque ahora me toca a mí como padre observar, tolerar, comprender y superar el ya no tener la misma atención por parte de mi hija que tuve por algunos años de forma natural y privilegiada al ser uno de sus dos objetos de amor tempranos al que mi hija admiró casi de forma exclusiva. Hoy en cambio debo aceptar su proceso de individualización y separación que se traduce en días enteros de largos silencios y miradas lejanas. Ahora, es el turno para ella de corregir a su padre en las fechas, nombres, pronunciaciones o incluso los temas noticiosos del día.

Todo ello sin duda, me hace recordar aquellas lejanas épocas donde fui el más severo juez de mis padres y me convertí en un individuo que llegaba a casa tratando de evitarlos por cualquier medio, pues por supuesto yo tenía “cosas más importantes” que atender, además de cumplir con mis "odiosos" deberes escolares.

Sin duda, todo aquel que es padre de un adolescente sabe muy bien a lo que me refiero y sabrá que no es fácil llevar este proceso sin tener alguno que otro tropiezo; no importando lo familiarizado o no que se esté con la adolescencia. O como decía mi padre: "no es lo mismo ver los toros desde la barrera que estar en la arena".

No obstante, como padres debiéramos aceptar y vivir de mejor manera esta etapa que es fundamental en el ser humano para poder reeditar muchas de las conductas o características que le fueron impuestas al individuo por el medio ambiente, los padres, hermanos o cualquier otra persona que haya interactuado con ellos y que como niños no tuvieron la oportunidad de elegir cómo comportarse.

Es aquí donde el individuo tendrá la oportunidad de corregir o direccionar el camino pero desde una perspectiva más completa que cuando como niño comenzó a forjar su personalidad -según Freud- en sus primeros 5 años de vida.

 Es la adolescencia un proceso intenso y no menos complicado. Sin embargo todos los que ahora somos padres debiéramos recordar cómo nos sentimos en aquella época. Baste recordar que cualquier persona ajena a nuestro entorno tenía más credibilidad que nuestros padres, cualquier tiempo que pudiéramos aprovechar lejos de ellos era mejor disfrutado. Nos veíamos a nosotros mismos y no encontrábamos similitudes ni físicas ni emocionales con los que nos habían traído al mundo sin habérnoslo solicitado. Nos sentíamos más inteligentes, fuertes y sobre todo jóvenes; algo que muchas veces los padres efectivamente resienten y no saben afrontar adecuadamente. 
 Sé, sin embargo que todo lo anterior no es un remedio y mucho menos una receta para acompañar a nuestros hijos en esta fase. Pero como padres, es importante que estemos conscientes que nuestra principal labor como orientadores es eso, saber ACOMPAÑARLOS, respetando sus espacios, entendiendo sus motivaciones, sus miedos, que no son pocos pero que no es fácil para ellos expresarlos y sobre todo, indicarles las herramientas necesarias para que ellos puedan conquistar el mundo que les esperará no siempre de la mejor manera.

Recordemos en esta etapa de acompañamiento, que hace tan solo unos años fuimos cálidos y silenciosos proveedores de arrullo, que créanme, si supimos proveerlos de un amor auténtico y completo eso jamás lo olvidarán pues habrá quedado grabado en la memoria ontogenética; haciendo más rica y perene la relación padre-hijo; cerrando el infinito círculo de la vida donde el hijo volverá pronto a reencontrarse con el objeto de amor primario, pero ahora con todo el conocimiento de que no es un objeto idealizado y ficticio, sino una persona real con debilidades y cualidades que al reconocerse en ellas, podrá desarrollar una mejor capacidad para seguir adelante y convertirse en un adulto sano pero sobre todo… pleno.