
¿El título de este artículo le suena contradictorio? En realidad podríamos hablar largamente al respecto y la conclusión sería la misma. Hoy en día, la crisis de pareja es tal, que ya ni siquiera es motivo de discusión. Para muchos, es común hablar de los siguientes factores como causas comunes de divorcio:
Situaciones laborales incompatibles
Crisis económicas
Maltrato psicológico (¡ah!, y también físico)
Infidelidad (¡ah!, y también masculina)
Incompatibilidad de caracteres
Incompatibilidad de horarios
Intromisión de la familia política
Intolerancia a los amigos
Intolerancia a la familia política
“Intolerancia a la lactosa”
En fin, podríamos hacer una lista de factores más larga que la del súper de fin de mes y todas podrían ser tan válidas o absurdas como se quiera ver.
Hablar del divorcio en la década de los 70’s era un tema de grandes disertaciones políticas e inspiración de infinidad de canciones, películas, novelas y obras de teatro; hoy en día, ya no es un tópico que merezca mayor atención: ya no es tema central de algunas revistas en cuya portada aparecía –invariablemente- una mujer de encantador rostro digna de casarse con un príncipe azul.
¿Qué sucedió entonces con las princesas? ¿Acaso ya no hay príncipes que quieran “rescatarlas”? Probablemente sí, pero no se quedan con ellas en sus castillos porque prefieren conquistar nuevas doncellas o enfrentar a poderosos dragones. ¿O será que ellas salen huyendo en busca de otros príncipes, esperando, tal vez, que éstos sí sean hermosos y diferentes a los que siguieron cuando decidieron salir de sus originales castillos matriarcales?
Lo que tal vez sí sea un hecho es que, contrariamente a lo que se piensa, son más mujeres que hombres las que toman la decisión de divorciarse. ¿A qué se debe, si ellas son las que siempre creyeron en los finales felices de los cuentos? Pues precisamente a esto. Al hombre nunca le enseñaron a creer en cuentos de hadas, por eso nunca imaginó un hermoso castillo atendido por su hermosa princesa. No, él sólo sabía que algún día tendría los suficientes medios para lograr sus sueños de poder a través de un buen trabajo que le permitiera alcanzar sus metas materiales, tales como tener un coche deportivo o “juguetes” tecnológicos con los cuales intentaría satisfacer sus carencias afectivas.
Si aunado a lo anterior, el hombre posee además a su comprensiva doncella que le permite la estabilidad necesaria, definitivamente no tomará la iniciativa de divorciarse, pues aunque su hermosa modelo de antaño ya no lo sea y sólo le recuerde a la diabólica suegra a la que él siempre rehuyó, sólo le bastará poner en práctica sus tan ensayadas dotes de playboy para perderse temporalmente (una o quinientas noches), en los brazos de una nueva conquista.
Es muy difícil que para la mujer termine esa necesidad de reencontrarse con el sueño dorado; es más fácil que ella decida poner punto final a la relación y pueda -aún sabiendo en lo más profundo de su ser que los cuentos de hadas ya no existen- tomar nuevamente la decisión de salir huyendo con el que cree que ahora sí será su príncipe azul o bien, aún sin que éste llegue, puede armarse de valor y salir en su incansable búsqueda.
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